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3 ene 2012

El paso y la espera

Estos días estuve leyendo el siguiento libro: "El paso y la espera", de Mamerto Menapace. Me cayó cual regalo de Navidad, de parte de brother, obviamente asignado por madre. No sé si ya lo dije, supongo que sí porque tengo un sector de "cuentos", choreados, obviamente, tengo creatividad pero tampoco me voy al carajo.
Quien SÍ se va al carajo, es el señor en cuestión. La GENIALIDAD de sus cuentos y cómo los asocia con "reflexiones religiosas" y "pensamientos de la vida" es extraordinaria.
A continuación, así como con "El diario de Anna Frank", les tiro mis citas favoritas. Cheee, está bueno, es corto y con letra 13, no jodan :D

"Por el momento la única verdadera pregunta respecto al futuro es: -¿Hay vida en el ahora? Esto que vivo ¿vale la pena? ¿Es verdadera vida?" ...
"Nos llevamos noche adentro todo lo que hemos dado y amado de día. Sólo se nos arrebatan las cosas a las que nos apegamos y no queremos entregar." "Las contracciones de este mundo que habit y que ya parece no poder retenerlo le preanuncian que tendrá que abandonar todas sus seguridades. Y con él tendrá que abandonar todas sus seguridades. Allí no había hambre, ni sed, ni clases sociales, ni obligaciones, ni envidia."
"Dicen algunos, que en ese momento la vida se sintetiza misteriosamente en la conciencia de la persona, y que cada uno debe realizar el gesto único e irrepetible de aceptar entregar su vida a Dios o negarse a hacerlo. Sólo el que entrega su vida la poseerá para siempre. El que la retiene, la pierde."
"Nosotros teníamos una ventaja. La fe nos daba la certeza de que para los que creen, la vida no termina. Se transforma. Y que al desmoronarse este rancho de barro, adquirimos una morada eterna en los cielos. Pero: ¿dónde estaba ese cielo? ¿Lejos? Porque a mamá la sentíamos muy cerca. Al lado nuestro. Compartiendo lo que estábamos viviendo. Por tanto el cielo tenía que estar allí mismo."
"Dicen que las alegrías cuando se comparten se agrandan. Y que en cambio con las penas pasa al revés. Se achican. Tal vez lo que sucede es que al compartir, lo que se dilata es el corazón. Y con un corazón dilatado se está mejor capacitado para gozar de las alegrías y mejor defendido para que las penas no nos lastimen opr dentro."
"La liturgia de difuntos es muy hermosa en nuestra Iglesia. Es respetuosa del dolor humano. Ni siquiera trata de suprimirlo. Al contrario. Generalmente en estas celebraciones se llega a un grado muy fuerte de sensibilidad; el dolor nos capacita para una apertura en la cual el consuelo de la Palabra de Dios encuentra el terreno preparado. San Pablo nos escribe en su carta de familia, pidiéndonos que no nos desesperemos, como aquellos que no tienen fe. Nos asegura el reencuentro, y habla de esta partida como de alguien que se ha adelantado hacia el lugar donde todos nos encontraremos un día."
"Sólo existe la esperanza del futuro para quien es capaz de tener recuerdos del pasado. Porque si se está cierto de que Dios Nuestro Señor obró maravillas en favor de la vida en nuestro pasado, entonces no nos cuesta tanto aceptar que lo seguirá haciendo en lo por venir. Si el futuro nos exige e en lo que aún no vemos, lo visto nos confirma en el amor de quien siempre ha estado presente. Entonces la esperanza surge como una respuesta del corazón que se anima a seguir haciendo camino porque cree en la totalidad que se espera."
"Pero en la tarde del miércoles 25 de julio, en la Eucaristía que presidí, celebrada por nueve sacerdotes, volví a sentir la verdad del ciento por uno prometido por el Señor. Dios es buen pagador. Y siempre nos devuelve multiplicado lo que Él mismo nos pide que le entreguemos. De verdad: sólo llegan a ser plenamente nuestras las cosas que entregamos."
"El que tenga los oídos para oir, que entienda."
"Si en cada despedida uno muere un poco, la muerte es sólo una gran despedida."
"Siempre la cruz encierra la soledad, y a veces la ausencia que más duele en este camino es la de no sentir a Dios a nuestro lado. Algo así como si nos hubiera abandonado."
"El dolor es una realidad física. El sufrimiento es la experiencia de no encontrar sentido a esos dolores."
"Él ya ve y escucha lo que nuestro ojo no vio, ni nuestro oído nunca escuchó. Lo que Dios tiene preparado para aquellos que lo aman."

26 abr 2011

Cuento: el elefante encadenado

Cuando yo era chico me encantaban los circos y lo que más me gustaba de los circos eran los animales. También a mí, como a otros, después me enteré que me llamaba la atención el elefante.
Durante la función la enorme bestia hacia despliegue de su peso tamaño y fuerza descomunal...pero después de su actuación y hasta un rato antes de volver al escenario el elefante quedaba sujeto solamente por una cadena que aprisionaba una de sus patas a una pequeña estaca clavada en el suelo.
Sin embargo, la estaca era solo un minúsculo pedazo de madera apenas enterrado unos centímetros en la tierra. Y aunque la cadena era gruesa y poderosa me parecía obvio que ese animal capaz de arrancar un árbol de cuajo con su propia fuerza, podría con facilidad arrancar la estaca y huir.
El misterio es evidente: ¿Qué lo mantiene entonces ¿Por qué no huye?
Cuando tenía cinco o seis años yo todavía confiaba en la sabiduría de los grandes. Pregunté entonces a algún maestro, a algún padre o a algún tío por el misterio del elefante. Alguno de ellos me explicó que el elefante no se escapaba porque estaba amaestrado. Hice entonces la pregunta obvia:
Si está amaestrado ¿Por qué lo encadenan? No recuerdo haber recibido ninguna respuesta coherente.
Con el tiempo me olvidé del misterio del elefante y la estaca...y sólo lo recordaba cuando me encontraba con otros que también se habían hecho la misma pregunta.
Hace algunos años descubrí que por suerte para mí alguien había sido lo bastante sabio como para encontrar la respuesta: EL ELEFANTE DEL CIRCO NO ESCAPA PORQUE HA ESTADO ATADO A UNA ESTACA PARECIDA DESDE QUE ERA MUY, MUY PEQUEÑO.
Cerré los ojos y me imaginé al pequeño recién nacido sujeto a la estaca. Estoy seguro de que en aquel momento el elefantito empujó, tiró y sudó tratando de soltarse. Y a pesar de todo su esfuerzo no pudo. La estaca era ciertamente muy fuerte para él. Juraría que se durmió agotado y que al día siguiente volvió a probar y también al otro y al que le seguía....Hasta que un día, un terrible día para su historia, el animal aceptó su impotencia y se resignó a su destino. Este elefante enorme y poderoso, que vemos en el circo, no escapa porque cree - pobre - que NO PUEDE.
El tiene el registro y recuerdo de su impotencia, de aquella impotencia que sintió poco después de nacer. Y lo peor es que jamás se ha vuelto a cuestionar seriamente ese registro. Jamás...jamás....intentó poner a prueba su fuerza otra vez.
Vivimos creyendo que un montón de cosas "no podemos" simplemente porque alguna vez, antes, cuando éramos chiquitos, alguna vez probamos y no pudimos. Hicimos entonces, lo del elefante : grabamos en nuestro recuerdo: NO PUEDO....NO PUEDO Y NUNCA PODRE. Hemos crecido portando ese mensaje que nos impusimos a nosotros mismos y nunca más lo volvimos a intentar.
Cuando mucho, de vez en cuando sentimos los grilletes, hacemos sonar las cadenas o miramos de reojo la estaca y confirmamos el estigma : " NO PUEDO Y NUNCA PODRE " Vivimos condicionados por el recuerdo de otros, que ya no somos y no pudieron.
Tu única manera de saber, es intentar de nuevo poniendo en el intento todo tu corazón.....TODO TU CORAZON".

Cuento: cicatrices

En un día caluroso de verano en el sur de Florida, un niño decidió ir a jugar en la laguna detrás de su casa. Salio corriendo por la puerta trasera, se tiró en el agua y nadaba feliz.
Su mamá desde la casa lo miraba por la ventana, y vio con horror lo que sucedía. Enseguida corrió hacia su hijo gritándole lo más fuerte que podía. Oyéndole el niño se alarmó y miró nadando hacia su mamá. Pero fue demasiado tarde. Desde el muelle la mamá agarró al niño por sus brazos. Justo cuando el caimán le agarraba sus piernitas. La mujer jalaba determinada, con toda la fuerza de su corazón.
El cocodrilo era más fuerte, pero la mamá era mucho más apasionada y su amor no la abandonaba. Un señor que escuchó los gritos se apresuró hacia el lugar con una pistola y mató al cocodrilo. El niño sobrevivió y, aunque sus piernas sufrieron bastante, aún pudo llegar a caminar.
Cuando salió del trauma, un periodista le preguntó al niño si le quería enseñar las cicatrices de sus piernas. El niño levanto la colcha y se las mostró. Pero entonces, con gran orgullo se subió las mangas y dijo: “Pero las que usted debe de ver son estas”. Eran las marcas de las uñas de su mamá que habían presionado con fuerza. “Las tengo porque mamá no me soltó y me salvó la vida”.

Nosotros también tenemos cicatrices de un pasado doloroso. Algunas son causadas por nuestros errores, pero algunas son la huella de Dios que nos ha sostenido con fuerza para que no caigamos en las garras del mal. Dios te bendiga siempre, y recuerda que si te ha dolido alguna vez el alma, es porque Dios, te ha agarrado demasiado fuerte para que no caigas

Cuento: brazos de Dios

Durante la Segunda Guerra Mundial, un pueblito de Alemania había sufrido un atentado. Todo había sido destruido, entre otras cosas, una Iglesia, la única del pueblo. El jefe del ejército ordenó a los soldados que buscaran entre los escombros a ver si había algo de valor que perteneciera a la Iglesia. Buscando, encontraron partes de algo que parecía una imagen de Cristo en la cruz, fueron uniendo los pedazos que iban encontrando y casi la armaron toda. Pero estaban todas las partes de Jesús menos sus brazos. Entonces los soldados sin saber dónde más buscar, fueron a comentarle esto al cura. Le sugirieron construir otra y no poner esa; o hacerle brazos nuevos. Pero el padre, después de pensar un rato, les dijo: “No, cuélguenla así como está”. Así lo hicieron y debajo colocaron un cartel que decía “A partir de ahora, Dios cuenta con nuestros brazos”.

11 ene 2011

Cuento: Escogiendo mi cruz

Cuentan que un hombre un día le dijo a Jesús:
- "Señor: ya estoy cansado de llevar la misma cruz en mi hombro, es muy pesada y muy grande para mi estatura".
Jesús amablemente le dijo:
- "Si crees que es mucho para ti, entra en ese cuarto y elige la cruz que más se adapte a ti"
El hombre entró y vio una cruz pequeña, pero muy pesada que se le encajaba en el hombro y le lastimaba, buscó otra pero era muy grande y muy liviana y le hacía estorbo, tomó otra pero era de un material que raspaba, buscó otra, y otra, y otra.... hasta que llegó a una que sintió que se adaptaba a él. Salió muy contento y dijo:
- "Señor, he encontrado la que más se adapta a mi, muchas gracias por el cambio que me permitiste".
Jesús le mira sonriendo y le dice:
- "No tienes nada que agradecer, has tomado exactamente la misma cruz que traías, tu nombre está inscrito en ella. Mi Padre no permite más de lo que no puedas soportar porque te ama y tiene un plan perfecto para tu vida"
Muchas veces nos quejamos por las dificultades que hay en nuestra vida y hasta cuestionamos la voluntad de Dios, pero El permite lo que nos suceda porque es para nuestro bien y algo nos enseña a través de eso. Dios no nos da nada más grande de lo que no podamos soportar, y recordemos que después de la tormenta viene la calma y un día esplendoroso en el que vemos la Gloria de Dios.
Ánimo en los brazos de Jesús y María...

Cuento largo: La decisión de ser raíz

Ese verano acaba una etapa de mi vida, a los dieciocho y con lo que me estaba pasando, creía que las cosas eran mucho más enormes. Cuando digo cosas me refiero a las cosas de la vida. A esas cosas que te pasan durante el día y que sin darte cuenta van tejiendo tú historia, tu vida. Esas cosas que a veces sin pensar, y otras muy pensadas, a veces por accidente o azar, y otras por razonamiento y planeadas. Construyen tu día a día. Y que al pasar del tiempo se transforman en tu historia. Y a veces no solo en tu historia….
Las cosas enormes que a los dieciocho nos afectan tanto. A los cuarenta le damos poca importancia. Pero otras siguen siendo importantes y enormes no importa la edad que se tengan. Por ejemplo el amor. Sí, creo que es un buen ejemplo. El amor no conoce de edades. Por supuesto que no conoce de edades. Y nos complica la vida durante toda la vida y en cualquier parte de ella. Se te cae encima en cualquier lugar y en cualquier situación. Puede ser en un baile, o en la escuela; en misa o en la calle; en un comercio o en un comité; en el trabajo o en vacaciones. No importa lo que estés haciendo, o que lo busques o no. El amor se aparece quizás donde menos lo esperas y en la persona que menos esperas. O no. A veces lo buscas, y lo esperas. Y a veces lo encuentras y tienes suerte, y a veces no. Somos dueños de nuestras vidas, pero no somos dueños de la vida de los demás. Quien crea lo contrario se equivoca. Y es por esto que a veces la búsqueda termina mal y a veces ni siquiera se encuentra. El alma gemela no aparece y nos quedamos solos. Pero realmente fracasa el que se rinde. El que no sigue intentando pierde más de lo que imagina. Por que el solo hecho de que la búsqueda te mantiene vivo. Creo que soy una persona que buscó el amor toda su vida. Y a mi edad lo sigo buscando….
Pero a los dieciocho, como decía, y con las cosas que me pasaban ese verano, no solo estaba desilusionada del amor. Sino que por raro que parezca sentía que odiaba al amor. Y lo odiaba con todas mis fuerzas. Claro que tenia mis razones para ello…. Pero no nos adelantemos.
La casa del doctor Piovano era hermosa. Tenía un gran jardín al frente y un camino de piedras blancas que llevaban al alero del frente. Muchas flores de infinitos colores y un césped que siempre, no importaba la época, parecía el más verde de todo el barrio.
Mi mejor amiga, la hija del doctor Piovano, se llama Florencia. Y es a ella a la que vengo a ver.
La encontré en su dormitorio. Como ya era mi costumbre, llegaba a su casa y solo pasaba. Como si esa casa también fuera MIA... y un poco así la sentía. Después de todo me críe con Flor. Y es la hermana que nunca tuve. Siempre fue más responsable, más centrada y mucho más inteligente que yo. Además de muy buena persona. De excelente persona. La mejor que jamás conocí ni llegue a conocer. Y esa tarde me comprobaría sin lugar a dudas que era y es mejor persona que yo….
La encontré, como casi todas las tardes a esa hora, estudiando. Me miró por sobre sus anteojos de metal y me sonrío. Sólo un segundo. Eso le llevó descubrir que algo me traía. Y en la mirada se notó. No se cómo describir eso. Es como un cambio en la luz de sus ojos azules. Esos hermosos ojos que tiene. No se cómo describirlo, pero es como que en los ojos de ella se refleja lo que piensa o siente. Y nos conocemos tanto y de hace tanto que hemos aprendido a interpretar hasta los gestos y los ánimos.
Me dijo hola y se quedó esperando a que yo hablara. No se necesitan preámbulos entre amigas. Sólo se habla y punto. Sólo se dice lo que se viene a decir, sin vueltas ni rodeos. Para eso están las amigas. Para hablar, escuchar, entender y ayudar. Por eso estaba ahí, si alguien me podía ayudar era ella.
Por lo que mis primeras palabras fueron justamente esas:
- Me tenés que ayudar. Metí la pata hasta la nuca.
_ ¿Qué pasó?
_ Estoy embarazada
_ No jodas.
_ Es en serio, estoy de casi dos meses.
_ ¿Estás segura que no es un atraso?
_ Si, muy segura. Y vos me tenés que ayudar a sacarme este “problema”.
Se quedó en silencio por un rato que me pareció un siglo.
Luego se levantó, miró para fuera por la ventana, sin mirar en realidad. Se notaba que su cabeza iba a mil. Más silencio…
Por fin, se dio vuelta y dijo:
- No, no contás conmigo en esta.
- Pero vos sos mi amiga. ¿O no sos mi amiga?
- Sí lo soy. Por eso te digo que no cuentes conmigo.
Creo que jamás después de esa tarde, fui tan elocuente, tan ingeniosa, tan ladina… le di mil razones por la que debía, tenía que ayudarme. Le hablé de la sociedad, de las vecinas, de las puertas que se me cerraban por estar embarazada. Y ni hablar si me transformaba en madre soltera. Y llegando a ese punto le hablé de lo poco capacitada que estaba para tremenda responsabilidad. Y que si me dejaba sola estaba realmente sola, ya que ni mis padres ni mi novio-ex novio, en realidad, ya que el fulano se borro al enterarse-harían nada para ayudarme. Estuve hablando por más de media hora. Y luego cuando ya no se me ocurría nada para decir. Le pedí que como ella estaba estudiando medicina, como su padre, seguro sabía qué hacer, qué tomar. Y que si no lo haría igual y con el riesgo de que me saliera mal.
Silencio, otra vez el maldito silencio.
Y otra vez, un siglo de espera. Pero por fin se levantó, y abrió su placar.
Yo la miré como un niño que espera por su regalo prometido. Con las mismas ansias, con las mismas esperanzas. Pero Papá Noel no vino. Y lo que saco del placard fue un gran pergamino. O mejor dicho EL PERGAMINO. Así con mayúsculas. Yo sabía lo que era. Ella le dedico más de tres meses de trabajo a ese pedazo de papel. Claro que como siempre la nota de tan fabuloso esfuerzo fue un diez. Pero lo que no entendía era qué le pico para sacarlo ahora. Lo desenroscó y lo estiró sobre la cama. Luego fue a su escritorio y sacó un fibrón negro.
Se sentó en la cama tomo su pergamino y sin mas empezó a tachar con el fibrón uno a uno los nombres que escritos en tinta china formaban las ramas del árbol genealógico de su familia. El primer nombre tachado era el suyo. El de su padre y de sus tíos. Sus primos y primas. Su abuelo y sus hermanos. Los hijos de estos y sus hijos. En cuestión de segundos arruino un trabajo que le llevo meses. Yo estaba atónita. No entendía nada. Ella seguía con la tacha de nombres. Concentrada en lo que hacia. Como si nada en el mundo fuera más importante que el tachado de su pasado. De su familia…. Seguía sin entender nada. De repente se detiene, me mira y me señala un nombre. Le hace un círculo. Lo subraya.
Un nombre. Unas fechas. Pero en otro color. Y en letras más grandes que los demás.
MARIA FLORENCIA PIOVANO – 1879 – 1944
Me mira, y luego vuelve a mirar ese nombre. Guarda silencio un momento. Y luego me dice el discurso más importante que alguien me haya dicho jamás:
- Te quiero contar quien fue ella. Te quiero contar la historia de una chica que tomo una decisión en su momento. Y que gracias a esa decisión, hoy estamos acá hablando. Las decisiones que tomamos a veces no sólo nos afectan. Hay cosas que hacemos que tienen su eco en el futuro. Y ella con una edad no mayor a la que tenemos ahora, tomó una decisión importante, tan importante que no sólo afectó su vida, sino la de muchas vidas, incluyendo la mía. Te aclaro que no existe nadie vivo que me pudiera decir nada sobre ella. Lo que se, es por deducción y por algunas cartas que mis abuelos tenían guardadas. Ni siquiera tengo alguna foto que me muestre como era. Pero la imagino parecida a mí. Quizás heredé sus ojos. Quisiera creer que no solo heredé su nombre. Que también tengo algo de su carácter, de su temple. En realidad no sé qué tengo de ella. Pero sé con certeza que de ella heredé la vida. Y por eso quiero que sepas lo que yo descubrí de ella. Quiero que viajes en el tiempo, hasta el siglo pasado. Que te pongas en su piel. Que te imagines la vida en una sociedad mucho más prejuiciosa que la de hoy. Con reglas mucho más estrictas. Donde una chica, soltera y embarazada, sí que era discriminada. Me imagino las noches de llanto. De cavilaciones. De sufrimiento que debe haber pasado. Me imagino lo difícil que debe haber sido. Pero ella era fuerte. Y tuvo los ovarios tan bien puestos que se enfrentó al mundo entero. No le importó el que dirán. Y le importó muy poco lo que creyeran los demás. Ella fue más fuerte que todos. Más valiente, más íntegra. Tengo el orgullo de llevar su apellido. Llevo el apellido de una madre soltera. Y también llevo el apellido de una gran persona. Una persona que tomo la decisión de ser raíz. La raíz de un gran árbol. Hecho de vida, de historias de vida. De personas. De familias. Donde nacieron personas y esas personas tuvieron más vida. Donde cada vida tiene su origen en una decisión. La decisión de ser raíz. No te voy a engañar, podría hacer algo para evitar que tengas esa vida que llevas dentro. Pero no lo voy hacer. Yo estudio medicina para salvar la vida, no para matarla. Hoy tenés una decisión que tomar. Y sé que no va a ser fácil. Quiero que sepas que podes contar conmigo siempre, sabes que estoy para ayudarte y también para cuidarte. Sos mi amiga, sos mi hermana. Por eso jamás podría hacerte lo que me pedís. Por que se que te lastimarías en lo mas importante…. en tu alma.
Ese día lloré como nunca. Llore de vergüenza, de miedo, de bronca. Lloré tanto que al final comprendí que la que lloraba era mi alma. Pero no era un llanto de tristeza. Era un llanto de alivio. El peso de la carga había desaparecido. Y lo bueno de todo es que no lloré sola. Sabía que jamás estaría sola.
Ya han pasado muchos años de esa tarde. Y los años no vienen solos. Construí mi vida. Tengo mi casa, un trabajo que me encanta y del cual vivo. Aprendí muchas cosas, a fuerza de prueba y error. Sufrí mucho…. Pero disfrute más. Me caí muchas veces, pero siempre me volví a parar. Traté de ser mejor persona, mejor vecina, mejor amiga. Y sobre todo mejor madre.
Hoy mi hija viaja a Córdoba. Va con su adorada tía y madrina, la prestigiosa doctora Florencia Piovano, va a inscribirse en la facultad de medicina. Ella sigue siendo mi mejor amiga y mi hermana del alma. También es la culpable de la insipiente vocación de mi hija. Hay personas que afectan a otras personas. Que con solo tenerlas cerca nos mejoran. Mi amiga es una de ellas. Hace mucho tiempo ya que la conozco. Se dedica a salvar vidas. Y fui testigo de su primer acto medico. No fue en una clínica. Y todavía no se había recibido. Porque esa tarde, sólo con palabras y destruyendo un trabajo hermoso, salvó una vida. Y según creo, la vida de muchos más. De todos los frutos que dará esta raíz.
Espero a que el coche doble en la esquina. Inventé una escusa para no ir. En realidad quería que fueran solas. Es algo que quiero que hagan ellas. Además yo les tengo un regalo para cuando vuelvan. Lo vuelvo a sacar de su caja y lo lustro por enésima vez. Lo pongo sobre la mesa. Se que es muy anticipado y que quizás alguna critica reciba. Pero también es un acto de confianza y de orgullo de madre.
La chapa dorada dice: MARIA FLORENCIA ALBARELLO, MEDICA

Cuento: El pescador

Un banquero de inversión americano estaba en el muelle de un pueblito caribeño cuando llegó un bote con un solo pescador.
Dentro del bote había varios atunes amarillos de buen tamaño. El americano elogió al pescador por la calidad del pescado y le preguntó ¿cuánto tiempo le había tomado pescarlos?
El pescador respondió que sólo un de poco tiempo.
El americano luego le preguntó ¿porqué no permanecía más tiempo y sacaba más pescado?
El pescador dijo que él tenía lo suficiente para satisfacer las necesidades inmediatas de su familia.
El americano luego preguntó ¿pero qué hace usted con el resto de su tiempo?
El pescador dijo, "duermo hasta tarde, pesco un poco, juego con mis hijos, hago siesta con mi señora María, caigo todas las noches al pueblo donde tomo vino y toco guitarra con mis amigos. Tengo una vida "placentera y ocupada".
El americano replicó, "Soy un MBA de Harvard y podría ayudarte. Deberías gastar más tiempo en la pesca y con los ingresos comprar un bote más grande, con los ingresos del bote más grande podrías comprar varios botes y eventualmente tendrías una flota de botes pesqueros.
En vez de vender el pescado a un intermediario lo podrías, hacer directamente a un procesador y eventualmente abrir tu propia procesadora.
Deberías controlar la producción, el procesamiento y la distribución.
Deberías salir de este pequeño pueblo e irte a La Capital, donde manejarías tu empresa en expansión".
El pescador preguntó, ¿Pero, cuánto tiempo tarda todo eso?
A lo cual respondió el americano, "entre 15 y 20 años".
"¿Y luego qué?"
El americano se rió y dijo que esa era la mejor parte.
"Cuando llegue la hora deberías anunciar un IPO (Oferta inicial de acciones) y vender las acciones de tu empresa al público. Te volverás rico, tendrás millones.
"Millones ... y ¿luego qué?"
Dijo el americano: "Luego te puedes retirar. Te mueves a un pueblito en la costa donde puedes dormir hasta tarde, pescar un poco, jugar con tus hijos, hacer siesta con tu mujer, caer todas las noches al pueblo donde tomas vino y tocas guitarra con tus amigos".
El pescador respondió: "¿Acaso eso no es lo que tengo ya?"
MORALEJA
Cuántas vidas desperdiciadas buscando lograr una felicidad que ya se tiene pero que muchas veces no vemos.
La verdadera felicidad consiste en amar lo que tenemos y no sentirnos mal por aquello que no tenemos.
"Si lloras por haber perdido el Sol, las lágrimas no te dejarán ver las estrellas"
¡LA FELICIDAD ES UN TRAYECTO, NO UN DESTINO

Cuento: El carpintero

Un carpintero ya entrado en años estaba listo para retirarse. Le dijo a su Jefe de sus planes de dejar el negocio de la construcción para llevar una vida más placentera con su esposa y disfrutar de su familia.
Él iba a extrañar su cheque mensual, pero necesitaba retirarse.
Ellos superarían esta etapa de alguna manera.
El Jefe sentía ver que su buen empleado dejaba la compañía y le pidió que si podría construir una sola casa más, como un favor personal. El carpintero accedió, pero se veía fácilmente que no estaba poniendo el corazón en su trabajo.
Utilizaba materiales de inferior calidad y el trabajo era deficiente. Era una desafortunada manera de terminar su carrera.
Cuando el carpintero terminó su trabajo y su Jefe fue a inspeccionar la casa, el Jefe le extendió al carpintero, las llaves de la puerta principal.
"Esta es tu casa, dijo, es mi regalo para tí."
Qué tragedia! Qué pena! Si solamente el carpintero hubiera sabido que estaba construyendo su propia casa, la hubiera hecho de manera totalmente diferente. Ahora tendría que vivir en la casa que construyó "no muy bien" que digamos!
Así que está en nosotros. Construimos nuestras vidas de manera distraída, reaccionando cuando deberíamos actuar, dispuestos a poner en ello menos que lo mejor. En puntos importantes, no ponemos lo mejor de nosotros en nuestro trabajo.
Entonces con pena vemos la situación que hemos creado y encontramos que estamos viviendo en la casa que hemos construido. Si lo hubiéramos sabido antes, la habríamos hecho diferente.
Piensen como si fueran el carpintero. Piensen en su casa. Cada día clavamos un clavo, levantamos una pared o edificamos un techo. Construyan con sabiduría. Es la única vida que podrán construir. Inclusive si solo la viven por un día más, ese día merece ser vivido con gracia y dignidad.
La placa en la pared dice:
"La Vida Es Un Proyecto de Hágalo Usted Mismo".
Quién podría decirlo más claramente? Su vida ahora, es el resultado de sus actitudes y elecciones del pasado. Su vida mañana será el resultado de sus actitudes y elecciones hechas HOY!
"Los únicos errores que cometemos en la vida son las cosas que no hacemos."

Cuento: Todo es para bien

Un joven pero competente rey tenía un carácter difícil: era arrogante, caprichoso y malhumorado. Al ver los inconvenientes que le acarreaba su propia conducta, nombró como primer ministro a un hombre joven como él, pero conocido por su sabiduría y templanza. Como se sentía muy bien en su presencia, siempre buscaba su compañía y consejo.

Una tarde, el rey estaba cortando una manzana con un cuchillo filoso. Sin darse cuenta, se rebanó la punta del dedo índice. Aulló de dolor y sangró mucho. Los sirvientes corrieron a buscar al médico. Mientras éste le atendía la herida, el primer ministro le pidió: “Por favor, soporta el dolor. Todo va a estar bien. Lo que hace Dios es sólo para nuestro bien.” El rey se enfureció. Lo maldijo a gritos y, lleno de rabia, ordenó que lo encarcelaran.
A la semana, el rey se fue de caza junto con algunos miembros de la corte. Divisó un venado a lo lejos y se separó del grupo para perseguirlo. En un claro del bosque, unos salvajes lo asaltaron y lo llevaron a su aldea. Allí era la época del sacrificio anual de un hombre en el altar de las deidades. Al contemplar al joven y bello rey, todos en la tribu se alegraron. Vieron en él un buen presagio para el año venidero.
Atado como estaba, condujeron al rey hasta el ara de los sacrificios. Antes de proceder con la ceremonia, el sacerdote lo inspeccionó. Al ver su dedo índice mutilado, lo rechazó como ofrenda de sacrificio porque un hombre con una deformidad, por pequeña que fuese, traería calamidades a la tribu. Inmediatamente lo soltaron y lo dejaron ir.
Mientras marchaba en dirección al palacio, el rey no dejó de pensar en las palabras de su primer ministro y consejero: “Cualquier cosa que Dios hace es por nuestro bien”. Si no se hubiera cortado el dedo, de seguro hubiera sido sacrificado.
Apenas llegó a su palacio, envió por el primer ministro. Le pidió disculpas por la injusticia y le narró el episodio entero. Al finalizar, le dijo: “Me di cuenta de la bendición escondida para mí tras la aparente calamidad. Pero dime, ¿cuál fue el bien que te hizo Dios al permitir que permanezcas en el calabozo?”
El primer ministro respondió: “Majestad, sabes que siempre te acompaño cuando sales de caza y te sigo donde quiera que vayas. Si yo hubiera estado contigo también habría sido capturado. Y en cuanto los salvajes hubiesen descubierto tu mutilación, de seguro me hubieran sacrificado a mí. Sin dudas, el calabozo salvó mi vida”.

Cuento: Dios llega en el momento justo

El niño se puso su ropa para el frío y le dijo a su padre:
-OK, papá, estoy listo.
Su papá, el Pastor, le dijo-¿Listo para qué?-
-Papá, es hora de ir afuera y repartir nuestros volantes.
El papá respondió-Hijo, esta muy frío afuera y está lloviznando.
El niño miró sorprendido a su padre y le dijo-Pero la gente necesitan saber de Dios aún en días lluviosos.
El Papá contestó-Hijo yo no voy a ir afuera con este tiempo.
Con desespero, el niño dijo-Papá, ¿puedo ir yo solo? ¿Por favor?-
Su padre titubeó por un momento y luego dijo-Hijo, tú puedes ir. Aquí tienes los volantes, ten cuidado.
-¡Gracias papá!-.Y con esto, el hijo se fue debajo de la lluvia. El niño de 11 años caminó todas las calles del pueblo, repartiendo los volantes a las personas que veía.
Después de 2 horas caminando bajo la lluvia, con frío y su último volante, se detuvo en una esquina y miró a ver si veía a alguien a quien darle el volante, pero las calles estaban totalmente desiertas. Entonces él se viró hacia la primera casa que vio, caminó hasta la puerta del frente, tocó el timbre varias veces y esperó, pero nadie salió.
Finalmente el niño se volteó para irse, pero algo lo detuvo. El niño se volteó nuevamente hacia la puerta y comenzó a tocar el timbre y a golpear la puerta fuertemente con los nudillos. Él seguía esperando, algo lo aguantaba ahí frente a la puerta. Tocó nuevamente el timbre y esta vez la puerta se abrió suavemente.
Salió una señora con una mirada muy triste y suavemente le preguntó:-¿Qué puedo hacer por ti, hijo?-
Con unos ojos radiantes y una sonrisa que le cortaba las palabras, el niño dijo:
-Señora, lo siento si la molesté, pero sólo quiero decirle que…”DIOS REALMENTE LA AMA” y vine para darle mi último volante, que habla sobre Dios y su gran amor-. El niño le dio el volante y se fue.
Ella solo dijo-Gracias hijo, y que Dios te bendiga-.
El siguiente domingo por la mañana el pastor estaba en el púlpito y cuando comenzó el servicio preguntó-¿Alguien tiene un testimonio ó algo que quiera compartir?-
Suavemente, en la fila de atrás de la iglesia, una señora mayor se puso de pie. Cuando empezó a hablar, una mirada radiante y gloriosa brotaba de sus ojos:
-Nadie en esta iglesia me conoce. Nunca había estado aquí, incluso todavía el domingo pasado no era cristiana. Mi esposo murió hace un tiempo atrás dejándome totalmente sola en este mundo. El domingo pasado fue un día particularmente frío y lluvioso, y también lo fue en mi corazón; ese día llegué al final del camino, ya que no tenía esperanza alguna ni ganas de vivir. Entonces tomé una silla y una soga y subí hasta el ático de mi casa. Amarré y aseguré bien un extremo de la soga a las vigas del techo; entonces me subí a la silla y puse el otro extremo de la soga alrededor de mi cuello. Parada en la silla, tan sola y con el corazón destrozado, estaba a punto de tirarme cuando de repente escuché el sonido fuerte del timbre de la puerta. Entonces pensé, ‘Esperaré un minuto y quien quiera que sea se irá’. Yo esperé y esperé, pero el timbre de la puerta cada vez era más insistente, y luego la persona comenzó a golpear la puerta con fuerza. Entonces me pregunté, ¿QUIEN PODRÁ SER? ¡Jamás nadie toca mi puerta ni vienen a verme! Solté la soga de mi cuello y fui hasta la puerta, mientras el timbre seguía sonando cada vez con mayor insistencia. Cuando abrí la puerta no podía creer lo que veían mis ojos, frente a mi puerta estaba el más radiante y angelical niño que jamás había visto. Su sonrisa, oh, ¡nunca podré describirla! Las palabras que salieron de su boca hicieron que mi corazón, muerto hace tanto tiempo, volviera a la vida, cuando dijo con voz de querubín: ’SEÑORA, sólo quiero decirle que DIOS realmente la ama’. ‘Cuando el pequeño ángel desapareció entre el frío y la lluvia, cerré mi puerta y leí cada palabra del volante. Entonces fui al ático para quitar la silla y la soga. Ya no las necesitaría más. Como ven. . .ahora soy una hija feliz del REY. Como la dirección de la iglesia estaba en la parte de atrás del volante, yo vine personalmente decirle GRACIAS a ese pequeño ÁNGEL DE DIOS que llegó justo a tiempo y, de hecho, a rescatar mi vida de una eternidad en el infierno.’
Todos lloraban en la iglesia. El Pastor bajó del pulpito hasta la primera banca del frente, donde estaba sentado el pequeño ángel; tomó a su hijo en sus brazos y lloró incontrolablemente. Probablemente la iglesia no volvió a tener un momento más glorioso.

Cuento: el valor de las cosas

Un joven estaba tan deprimido que fue a pedir consejo a un sabio. Le habían dicho que vivía en las afueras de la aldea, y cuando llegó a su cabaña lo encontró barriendo las hojas de otoño.
-Maestro, me siento tan poca cosa que no tengo fuerzas para hacer nada. Me dicen que no sirvo, que no hago nada bien, que soy torpe y bastante tonto. ¿Cómo puedo mejorar? ¿Qué puedo hacer para que me valoren más?
Sin mirarlo, el sabio le dijo:
-Cuánto lo siento, no puedo ayudarte, antes debo resolver un problema que tengo… – y luego de una pausa agregó- Pero si quisieras colaborar conmigo, yo podría solucionar mi tema con más rapidez y después te ayudaría.
-Eh…encantado, maestro -titubeó el joven.
-Bien – asintió el maestro. Se quitó un anillo que llevaba en el dedo meñique de la mano izquierda y dándoselo al muchacho, le dijo- Debo vender este anillo porque tengo que pagar una deuda. Toma el caballo que está allí y ve hasta el mercado. Trata de obtener la mayor suma posible, pero no aceptes menos de una moneda de oro. Vete ya y vuelve con esa moneda.
El joven montó el caballo y partió veloz.
Apenas llegó al mercado, comenzó a ofrecer el anillo a los puesteros. Algunos lo miraban con cierto interés, hasta que el joven les decía cuánto costaba. Entonces unos se reían y otros le daban vuelta la cara. Sólo un anciano amable le explicó que una moneda de oro era muy valiosa para entregarla a cambio de ese anillo. Le ofreció una moneda de plata y un cacharro de cobre, pero el joven tenía instrucciones de no aceptar menos de una moneda de oro y rechazó la oferta.
El muchacho no se dio por vencido y siguió ofreciendo el anillo a cada persona que veía en el mercado, pero todos rechazaban su oferta. Abatido por su fracaso, tomó el caballo y emprendió el regreso. Cuánto hubiera deseado tener él mismo una moneda de oro. Podría habérsela entregado al maestro para liberarlo de su preocupación y recibir consejo y ayuda.
Apenas llegó a su casa, le dijo:
-Maestro, lo siento, no es posible conseguir lo que me pidió. Quizás podría obtener dos o tres monedas de plata, pero no creo que yo pueda engañar a nadie respecto del verdadero valor del anillo.
-Tengo la solución, joven amigo -contestó el maestro-. Agarra al caballo y ve donde el joyero. Pídele que te cotice el anillo, así tendremos una idea justa de su valor.
A pesar de estar cansado por el ajetreo del mercado, el joven obedeció. Entregó el anillo al joyero, que lo examinó a la luz del candil con su lupa y lo pesó:
-Dile al maestro que su anillo vale ochenta monedas de oro- le dijo- yo podría conseguirle esa suma, dependiendo de lo apurado que esté.
-¡¿Ochenta monedas de oro?! -exclamó el joven.
-Sí -respondió el joyero- ese es el valor. Pero si necesita venderlo con urgencia, quizás tenga que rebajar unas diez monedas.
El joven tomó el anillo y volvió emocionado a casa del sabio.
-Siéntate –le ofreció el maestro.
Cuando el joven terminó su relato, el sabio habló:
-Tú eres como este anillo: una joya valiosa y única. Y como tal, sólo puede evaluarte un experto. ¿Qué haces por la vida pretendiendo que cualquiera descubra tu verdadero valor?
Dicho esto, el maestro volvió a ponerse el anillo en su mano izquierda.

Cuento: ¿Quién eres?

Una mujer estaba agonizando en la sala de un hospital. Era de noche y las enfermeras ya habían apagado la luz. Cansados de sufrir, sus ojos finalmente se cerraron. De pronto tuvo la sensación de que era conducida al cielo. Allí se encontró frente a una puerta abierta de par en par, de la que emanaba una luz brillante y beatífica.
“¿Quién eres?”, escuchó que le preguntaban.
“Soy Julia”, respondió.
Casi imperceptiblemente, la puerta se cerró unos centímetros.
“Te he preguntado quién eres, no el nombre que te pusieron tus padres”, dijo la Voz.
“Soy la mujer del alcalde”, respondió ella.
“Te he preguntado quién eres, no con quién estás casada”.
Por cada respuesta equivocada, la puerta se cerraba un poco más.
“Soy maestra”.
“Te he preguntado quién eres, no cuál es tu profesión”.
Y así sucesivamente. Dijera lo que dijese, la mujer no parecía dar una contestación satisfactoria. A esa altura, la puerta estaba casi cerrada.
De repente, una sonrisa iluminó su agobiada expresión:
“¡Soy cristiana!” exclamó, segura de que por fin había dado en la tecla.
Imperturbable, la Voz contestó:
“Te he preguntado quién eres, no cuál es tu religión”.
Cansada de que sus esfuerzos no rindieran fruto y viendo que la puerta estaba a punto de cerrarse por completo, la mujer dijo con impaciencia:
“Ya que evidentemente no doy con la respuesta y tú pareces saberla muy bien, ¿no podrías decírmela?”
Se hizo un breve silencio que a ella le resultó interminable. De pronto, la Voz dijo:
“La respuesta a esa pregunta sólo puedes encontrarla tú misma. Nadie más puede hacerlo por ti. De hecho, la vida humana te fue dada con ese propósito”.
Al escuchar estas palabras, los ojos de la mujer se llenaron de lágrimas de arrepentimiento. Se dio cuenta de que había pasado su vida entera eludiendo la pregunta fundamental: quién soy yo.
La Voz comprendió cómo se sentía y le habló con compasión:
“Te enviaré de nuevo a la Tierra. Dedícate a descubrir quién eres y cuando lo sepas, las puertas del cielo se abrirán para ti. Ciertamente, habrás encontrado el cielo en la Tierra”.
Unos segundos más tarde, la mujer abrió los ojos en la sala del hospital. Esta vez estaban llenos de lágrimas de agradecimiento por la segunda oportunidad.

Cuento: el paquete de galletitas

Cuando aquella tarde llegó a la vieja estación le informaron que el tren en el que ella viajaría se retrasaría aproximadamente una hora. La elegante señora, un poco fastidiada, compró una revista, un paquete de galletas y una botella de agua para pasar el tiempo. Buscó un banco en el andén central y se sentó preparada para la espera.
Mientras hojeaba su revista, un joven se sentó a su lado y comenzó a leer un diario. Imprevistamente, la señora observó como aquel muchacho, sin decir una sola palabra, estiraba la mano, agarraba el paquete de galletas, lo abría y comenzaba a comerlas, una a una, despreocupadamente.
La mujer se molestó por esto, no quería ser grosera, pero tampoco dejar pasar aquella situación o hacer de cuenta que nada había pasado; así que, con un gesto exagerado, tomó el paquete y sacó una galleta, la exhibió frente al joven y se la comió mirándolo fijamente a los ojos.
Como respuesta, el joven tomó otra galleta y mirándola la puso en su boca y sonrió. La señora ya enojada, tomó una nueva galleta y, con ostensibles señales de fastidio, volvió a comer otra, manteniendo de nuevo la mirada en el muchacho. El diálogo de miradas y sonrisas continuó entre galleta y galleta. La señora cada vez mas irritada, y el muchacho cada vez más sonriente.
Finalmente, la señora se dio cuenta de que en el paquete solo quedaba la última galleta.
"No podrá ser tan descarado", pensó mientras miraba alternativamente al joven y al paquete de galletas. Con calma el joven alargó la mano, tomó la última galleta, y con mucha suavidad, la partió exactamente por la mitad. Así, con un gesto amoroso, ofreció la mitad de la última galleta a su compañera de banco.
- ¡Gracias! - Dijo la mujer tomando con rudeza aquella mitad.
- De nada.
- Contestó el joven sonriendo suavemente mientras comía su mitad.
Entonces el tren anunció su partida ...
La señora se levantó furiosa del banco y subió a su vagón. Al arrancar, desde la ventanilla de su asiento vio al muchacho todavía sentado en él anden y pensó: "¡Que insolente, qué mal educado, qué ser de nuestro mundo!"
Sin dejar de mirar con resentimiento al joven, sintió la boca reseca por el disgusto que aquella situación le había provocado.
Abrió su bolso para sacar la botella de agua y se quedó totalmente sorprendida cuando encontró, dentro de su cartera, su paquete de galletas... ¡INTACTO!

Cuántas veces nuestros prejuicios, nuestras decisiones apresuradas nos hacen valorar erróneamente a las personas y cometer las peores equivocaciones.
Cuántas veces la desconfianza, ya instalada en nosotros, hace que juzguemos, injustamente, a personas y situaciones, y sin tener aun por qué, las encasillamos en ideas preconcebidas, muchas veces tan alejadas de la realidad que se presenta.
Así, por no utilizar nuestra capacidad de autocrítica y de observación, perdemos la gracia natural de compartir y enfrentar situaciones, haciendo crecer en nosotros la desconfianza y la preocupación. Nos inquietamos por acontecimientos que no son reales, que quizás nunca lleguemos a contemplar, y nos atormentamos con problemas que tal vez nunca ocurrirán.
Dice un viejo proverbio: Peleando, juzgando antes de tiempo y alterándose no se consigue jamás lo suficiente, pero siendo justo, cediendo y observando a los demás con una simple cuota de serenidad, se consigue más de lo que se espera.

Cuento: la cerca de madera

Erase una vez un joven con un carácter peculiarmente violento.
Su padre le dio una bolsa de clavos y le dijo que clavara un clavo en la cerca del jardín cada vez que perdiera la paciencia y se peleara con alguien. El primer día, llego a clavar 37 clavos en la cerca.
Durante las semanas siguientes aprendió a controlarse, y el número de clavos colocados en la cerca disminuyo día tras día: había descubierto que era más fácil controlarse que plantar clavos. Finalmente, llego el día durante el cual el joven no sujetó clavo alguno en la cerca.
Entonces fue a ver a su padre y le dijo que había conseguido no clavar ningún clavo durante todo el día.
Su padre le dijo entonces que quitara un clavo de la cerca del jardín por cada día durante el cual no hubiera perdido la paciencia.
Los días pasaron y finalmente el joven pudo decirle a su padre que había quitado todos los clavos de la cerca.
El padre condujo entonces a su hijo delante de la cerca del jardín y le dijo:
- "Hijo mío, te has portado bien, pero mira cuantos agujeros hay en la cerca del jardín. Esta ya no será como antes. Cuando te peleas con alguien y le dices algo desagradable, le dejas una herida como esta. Puedes acuchillar a un hombre y después sacarle el cuchillo, pero siempre le quedará una herida. Poco importa cuantas veces te excuses, la herida verbal hace tanto daño como una herida física. Los amigos son joyas raras, te hacen reír y te animan. Siempre están dispuestos a escucharte cuando los necesitas, te sostienen y te abren su casa. Por ello, guarda a tus amigos como si fueran un verdadero tesoro y quiéreles hasta echarles de menos, porque si eso ocurre una parte de tu vida se habrá ido con ellos.

Cuento: encuentro con los miedos

No lo soñé, fue real. Losé, Parece mentira, no lo voy a negar, pero no lo soñé.
Ni yo lo creí en un principio, pero es verdad. Algo tan hermoso no puede ser un sueño. Es sensación no se puede experimentar mientras se duerme. Sentido táctil, auditivo, visual, olfativo y gustativo extendidos al máximo. Todos eran uno. Y uno era todos.
Escuchaba música y la olía, la tocaba, podía sentir como recorría mi paladar dejando un dulce sabor a néctar, como penetraba dentro de mi, como me ahogaba en ella y volvía a la superficie para volverme a hundir. Sus subidas y bajadas de tonos, sus agudos sus graves absolutamente todo en ella era perfecta.
Vi el viento, olí el sol, probé la alegría , toque el llanto. Cada uno mas hermoso que le anterior, con sus sensaciones diferentes pero igual de perfectas y bellas, la tristeza sobre todo, su imagen era la belleza personificada, no tenia un igual.
Probé sentir todo lo que se me ocurriera desde el sabor de un color hasta el sonido de un ladrillo. Todo absolutamente todo.
Finalmente. Probé sentir miedo, no saben el sabor del miedo, es raro, no es feo, es simplemente raro, amargo y dulce a la vez, inexplicable, una sensación diferente.
El sonido, era como un silbido agudo y penetrante, me perforaba los oídos, anulando mis otros sentidos, siendo esto una paradoja. Imposible que se me anularan mis sentidos en aquel momento.
Vi el miedo, eso fue y será lo más raro que me paso jamás, es como si se juntaran todos los temores de uno en un solo lugar y se quisieran mostrar en un mismo instante y tiempo. Ni ahora, una vez pasada esa situación, puedo describir con exactitud la visión del miedo, era como una simple nube gris, ni más ni menos. Una nube gris. La mejor explicación que puedo dar de aquella imagen.
Cuando lo toque, oh como me arrepiento de aquello, pensé que iba a morir, era imposible de sentir el terror que sufría. Era más que miedo, era como si todos tus demonios te carcomieran el cuerpo poco a poco dejándolo a uno solo con el terror.
Me quede encerrado en el miedo cada acción que realizaba aumentaba mi horror. Su olor se hizo insufrible, el silbido que emita se hacia cada vez más insoportable y agudo, su sabor me empezaba a quemar y su visión, si su visión, se hizo terrible, intolerable.
Intente soltarlo, alejarme de aquello, que ya no era solo una sensación era algo mas terrible y poderoso. No podía, no me dejaba escapar, cada vez que intentaba hacer algo, el miedo me apresaba más, y más, no dejándome salir.
Fui perdiendo de a poco cada sensación. Mis ojos no pudieron enfrentarse más a aquello y, simplemente, dejaron de ver. Deje de emitir sonidos, los antes desesperantes gritos míos no se oían, dejando solo lugar al silbido, hasta que, finalmente, estallaron mis oídos.
El dolor que sentía en el cuerpo era indescriptible, era una constante tortura, como si todo el dolor que pudiera existir estuviese enfocado en mí y quisiera provocarme más dolor. Finalmente, una punzada, una ultima punzada de dolor infinito recorrió mi cuerpo, provocando que mi sistema nervioso, simplemente, dejara de funcionar, se apagara.
Abro los ojos. Ningún sufrimiento, ninguna sensación, nada. Nunca fui tan feliz